viernes, 29 de junio de 2012

Caminatas Shkuk

Caminatas Shkuk

En medio de montañas, llanuras, bosques, campo abierto y hasta ríos, cada semana un grupo de exploradores se lanza a la aventura de las caminatas Shkuk.

Yazmín Montoya


Antes de las 7 de la mañana de un domingo, apenas y habrán cantado los gallos. En general, la ciudad duerme; sin embargo, ya una docena de emprendedores caminantes se agrupan en una parada de buses capitalina.

Ellos se alistan para abordar un bus que los alejará del cemento de la ciudad, para llevarlos a caminos campesinos. Van a un destino previamente seleccionado, en un medio de transporte tan público, común y silvestre, como el que usted o yo abordamos diariamente.

Los interesados no superan la docena y por instinto o costumbre se agrupan alrededor del hombre del mapa y el bastón. Ese es don Luis Boza Cordero, el señor que desde hace tres años organiza caminatas cada domingo hacia diferentes destinos.

Algunos de los que lo rodean son compañeros fieles de esta aventura, pero también hay quienes llegan por primera vez. A ellos les será fácil ubicar al grupo por su líder, que porta la camiseta, la gorra y el bastón con el rótulo Shkuk, que significa caminar, en dialecto bribrí.


La mecánica de los paseos es sencilla. A una hora predeterminada los interesados se reúnen en la parada de buses correspondiente. Allí, cada uno aborda el bus y paga su pasaje. Al llegar al destino la caminata comienza guiada por Luis Boza, quien a sus conocimientos como exmiembro de la unidad de montaña de la Cruz Roja, une lo que a sus 59 años aprende en la UCR en cursos de sociología, geología, biología, geografía, etc.; y se lo transmite a sus acompañantes. Por su guía, su aporte de datos históricos, botánicos y demás, los caminantes pagan ¢2.500.


Compendio de señales

El bus de León Cortés llega y las instrucciones empiezan a girar. La primera es tratar de ubicarse en los primeros asientos del automotor, para que sea más fácil la bajada en nuestro destino: Jardín de Dota. Arrancamos y el orden impera; por eso en el momento adecuado, una mano agita un pañuelo amarillo por una ventana; entonces el bus se detiene y otra mujer, ya conocida por el grupo, se une a los Shkuk.


Más adelante del salveque de Boza, en donde entre otras cosas cuelgan una cuerda y un cuchillo, salen unas fotocopias que nos ilustran la historia de el camino que seguiremos; se trata de la ruta entre Jardín de Dota y San Pablo de León Cortés, lugares por los cuales se vivieron algunos de los acontecimientos de la Guerra Civil de 1948, entre ellos el de la Marcha Fantasma.

Una vez en Jardín de Dota bajamos del bus. Para ese entonces somos 17 caminantes, incluyendo al guía. Ya con sus sombreros, gorras, protectores solares y lentes oscuros encaramados, la gente del grupo escucha al instructor del paseo y observa sus señalamientos en el mapa. Enseguida comenzamos a caminar. El reloj marca 15 minutos antes de las 9 a. m. La comunidad que nos acompaña reúne hoy a hombres y mujeres de edades adultas. Solo un joven de 12 años se integra al grupo ese día.


Por el camino empezamos a ver los paisajes, y con el bastón como puntero, Luis Boza señala con nombre y apellido a cada cerro, entre ellos Cedral, Abejonal y Trinidad que son parte de nuestro destino. Cada tanto también se detiene y nos ilustra con el nombre de un árbol, pero eso si, apenas encuentra un lugareño nuestro guía no podrá dejar de saludarlo.

Fue por esa razón que tan solo unos cuantos pasos luego de haber comenzado la caminata, nuestra ruta se desvió al Mirador El Jardín, de don Hernán Ureña, quien apareció en nuestro camino y no perdió oportunidad de invitarnos a conocer. Allí aprovechamos para darnos un puntalito


Después de este descanso emprendimos la faena poniendo un pie tras el otro. Enfrentando cuestas y bajadas, lastre y barro, seguimos el camino paralelo a los potreros, por donde de cuando en cuando se asomaba alguna vista panorámica.

De los caminantes, la mayoría repetían visita, y algunos hasta confesaron tener cerca de dos años de acompañar a Boza en sus aventuras. Lo cierto es que en el trayecto, el grupo caminó muy bien dividido. Adelante los de más prisa (aunque a lo mejor eran los de las piernas más largas). Esos eran los que únicamente se detenían ante la pregunta que surgía al encontrar un camino bifurcado. Más atrás los admiradores del paisaje, de la tertulia, o simplemente los cansados.

El guía, por su parte, aprovechaba para socializar con sus compañeros, lo mismo que otros de los caminantes, quienes entre paso y paso encontraron espacio para intercambiar palabras.


Cargar pilas

Boza había hablado de un caminar lento, pero lo cierto del caso es que el ritmo lo imponían los de adelante y si hubiéramos ido tan solo un poco más rápido, el asunto más se hubiera parecido a una competencia de paso rápido.

Tal vez fue por eso que luego de dos horas de camino pedregoso y lleno de barro ya el cansancio comenzaba a aparecer. Algunos no lo quisieron reconocer y como excusa aseguraron tener hambre para hacer la paradita para cargar las pilas. Por supuesto ese almuerzo también fue provisto por los medios propios de cada uno; pero no faltó la cordialidad y el trueque de alimentos. Hasta un poema leído por un compañero trató de alivianar la digestión con sonrisas, lo cual por supuesto, no es posible.

No más de veinte minutos duró el descanso y luego los pasos volvieron a ser los protagonistas. Para los caminantes frecuentes solo fue continuar el paseo, mientras para los novatos fue reiniciar el sufrimiento... y soportarlo in crescendo, cerca de dos horas más.

Lo cierto es que cinco horas y media luego de obligar el cuerpo a seguir caminos desconocidos, regresamos a la civilización, concretamente a San Pablo de León Cortés. Una vez allí la prisa fue por conseguir los tiquetes, que según cuentan es asunto de carreras en cada caminata.

Al final de la tarde todos se mostraban satisfechos consigo mismo, por haber disfrutado la jornada en medio de la naturaleza y el ejercicio.


Muchos afirmaron que esta sana costumbre los hace saludables, pero para los principiantes la peor parte vendría el día después de recorrer los 12 kilómetros. Es por eso que, con el cuerpo recordando cada paso con dolor, la pregunta más lógica será: Si el ejercicio es salud, ¿por qué duele tanto?


Según cuenta Boza, el kilometraje cambia de acuerdo con la ruta y el ritmo según los asistentes. Pero de todas formas y muy a pesar de lo que diga el respetable guía le haremos una advertencia para que luego no diga que no le informamos: no todas las caminatas Shkuk son para principiantes, así que si le interesa esté atento y empiece con las más cortas.


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